2613.-Lunes V de Cuaresma…Ciclo B.- Ten compasiòn de mì, Señor, porque me pisotean y acosan todo el dìa mis enemigos…(Sal 55, 2).-No quiero la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva, dice el Señor…(Ez 33, 11)…Lunes 23 marzo 2015…


   Del libro del Profeta Daniel: 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62

     En aquel tiempo vivìa en Babilonia un hombre llamado Joaquìn, casado con Susana, hija de Quelcìas, mujer muy bella y temerosa de Dios.

      Sus padres eran virtuosos y habìan educado a su hija segùn la Ley de Moisès.

     Joaquìn era muy rico y tenìa una huerta contigua a su casa, donde solìan reunirse los judìos, porque era estimado por todos.

      Aquel año habìan sido designados Jueces dos ancianos del pueblo; eran de aquellos de quienes habìa dicho el Señor: “En Babilonia, la iniquidad saliò de ancianos elegidos como jueces, que pasaban por guìas del pueblo”.Èstos frecuentaban la casa de Joaquìn y los que tenìan litigios que resolver acudìan ahì a ellos. Hacia el mediodìa, cuando toda la gente se habìa retirado ya, Susana entraba a pasear en la huerta de su marido. Los dos viejos la veìan entrar y pasearse diariamente, y se encendieron de pasiòn por ella, pervirtieron su corazòn y cerraron sus ojos para no ver al Cielo ni acordarse de lo que es justo.

      Un dìa mientras acechaban el momento oportuno, saliò ella, como de ordinario, con dos muchachas de su servicio, y como hacìa calor, quiso bañarse en la huerta.  No habìa nadie allì, fuera de los viejos, que la espiaban escondidos.

     Susana dijo a las doncellas:

     “Tràiganme jabòn y perfumes, cierren las puertas de la huerta mientras me baño”·.

     Apenas salieron las muchachas, se levantaron los dos viejos, corrieron hacia donde estaba Susana y le dijeron:

      “Mira: las puertas de la huerta estàn cerradas y nadie nos ve. Nosotros ardemos en deseos de ti. Consiente y entrègate a nosotros. Si no, te vamos a acusar de que un joven estaba contigo y que por eso despachaste a las doncellas”.  

     Susana lanzò un gemido y dijo:

    “No tengo ninguna salida; si me entrego a ustedes, serà la muerte para mì; si resisto, no escaparè de sus manos. Pero es mejor para mì ser vìctima de sus calumnias, que pecar contra el Señor”·

     Y dicho esto, Susana comenzò a gritar.  Los dos viejos se pusieron a gritar tambièn y uno de ellos corriò a abrir la puerta del jardìn. Al oìr los gritos en el jardìn, los criados se precipitaron por la puerta lateral para ver que sucedìa. Cuando oyeron el relato de los viejos, quedaron consternados, porque jamàs se habìa dicho de Susana cosa semejante.

     Al dìa siguiente, todo el pueblo se reuniò en la casa de Joaquìn, esposo de Susana, y tambièn fueron los dos viejos, llenos de malvadas intenciones contra ella, para hacer que la condenaran a morir. En presencia del pueblo dijeron:

     “Vayan a buscar a Susana, hija de Quelcìas y mujer de Joaquìn”.

     Fueron por Susana, quien acudiò con sus padres, sus hijos y todos sus parientes. Todos los suyos y cuantos la conocìan, estaban llorando.

     Se levantaron entonces los dos viejos en medio de la Asamblea y pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantò los ojos al Cielo, porque su corazòn confiaba en el Señor. Los viejos dijeron:

     “Mientras nosotros nos paseàbamos solos por la huerta, entrò èsta con dos criadas, luego les dijo que salieran y cerrò la puerta. Entonces se acercò un joven que estaba escondido y se acostò con ella. Nosotros estàbamos en un extremo de la huerta, y al ver aquella infamia, corrimos hacia ellos y los sorprendimos abarazados. Pero no pudimos sujeta al joven, porque era màs fuerte que nosotros; abriò la puerta y se nos escapò. Entonces detuvimos a èsta y le preguntamos quièn era el joven, pero se negò a decirlo. Nosotros somos testigos de todo esto”.

     La Asamblea creyò a los ancianos, que habìan calumniado a Susana, y la condenaron a muerte.  

     Entonces Susana, dando fuertes voces, exclamò:

     “Dios Eterno, que conoces los secretos y lo sabes todo antes de que suceda, Tù sabes que èstos me han levantado un falso testimonio. Y voy a morir sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mì”.

     El Señor escuchò su voz. Cuando llevaban a Susana al sitio de la ejecuciòn, el Señor hizo sentir a un muchacho, llamado Daniel, el santo impuso de ponerse a gritar: 

“Yo no soy responsable de la sangre de esta mujer”.

Todo el pueblo se volviò a mirarlo y le preguntaron:

     “¿Què es lo que estàs diciendo?”.

Entonces Daniel, de pie en medio de ellos, les respondiò:

     “Israelitas, ¿còmo pueden ser tan ciegos? Han condenado a muerte a una hija de Israel, sin haber investigado y puesto en claro la Verdad. Vuelvan al Tribunal, porque èsos le han levantado un falso testimonio”.

Todo el pueblo regresò de prisa y los Ancianos dijeron a Daniel:

“Ven a sentarte en medio de nosotros yu dinos lo que piensas, puesto que Dios mismo te ha dado la madurez de un Anciano”.

Daniel les dijo entonces:

“Separen a los acusadores, lejos  el uno del otro, y yo los voy a interrogar”.

     Una vez separados, Daniel mandò llamar a uno de ellos y le dijo:

     “Viejo en años y en crìmenes, ahora van a quedar al descubierto tus pecados  anteriores, cuando injusrtamente condenabas a los inocentes y absolvìas a los culpables, contra el Mandamiento del Señor: No mataràs al que es justo e inocente. Ahora bien, si es cierto que los viste, dime debajo de què àrbol estaban juntos”.

Èl respondiò:

“Debajo de una acacia”·.

Daniel le dijo:

“Muy bien. Tu mentira te va a costar la vida, pues ya el Àngel ha recibido de Dios tu sentencia y  te va a partir por la mitad”.

Daniel les dijo que se lo llevaran, mandò traer al otro y le dijo:

“Raza de Canaaàn y no de Judà, la belleza te sedujo y la pasiòn te pervirtiò el corazòn. Lo mismo hacìan ustedes con las mujeres de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a ustedes. Pero una mujer de Judà no ha podido soportar la maldad de ustedes. Ahora dime,  ¿bajo què àrbol los sorprendiste abrazadaos?. 

Èl contestò:

“Debajo de una encina”.

Replicò Daniel:

“Tambièn a ti tu mentira te costarà la vida. El Àngel del Señor aguarda ya con la espada en la mano, para partirte por la mitad. Asì acabarà con ustedes”.

Entonces toda la Asamblea levantò la voz y bendijo a Dios, que salva a los que esperan en Èl. Se alzaron cotra los dos viejos, a quienes, con palabras de ellos mismos, Daniel habìa convencido de falso testimonio, y les aplicaron la penas que ellos mismos habìan maquinado contra su pròjimo. Para cumplir con la Ley de Moisès, los mataron, y aquel dìa se salvò una vida inocente.

 

 

 

 

DEL SALMO . 22

Nada temo, Señor, porque Tù estàs conmigo.

El Señor es mi pastor; nada me falta;

en verdes praderas me hace reposar

y hacia fuentes tranquilas me conduce

para reparar mis fuerzas.

Por ser un Dios fiel a sus Promesas,

me guìa por el sendero recto;

asì aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque Tù estàs conmigo.

Tu vara y tu cayado me dan seguridad.

Tù mismo me preparas la mesa,

a despecho de mis adversarios;

me unges la cabeza con perfume

y llenas mi copa hasta los bordes.

Tu Bondad y tu Misericordia me acompañaràn

todos los dìas de mi vida;

y vivirè en la Casa del Señor

por años sin tèrmino.

    Del Santo Evangelio segùn San Juan: 8, 1-11 

     En aquel tiempo, Jesùs se retirò al monte de los Olivos y al amanecer se presentò de nuevo en el Templo, donde la multitud se le acercaba; y Èl sentado entre ellos, les enseñaba.

     Entonces los Escribas y Fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y ponièndola frente a Èl, le dijeron;

     “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisès nos manda en la Ley  apedrear a estas mujeres. ¿Tù què dices?”

       Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesùs se agachò y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistiàn en su pregunta, se incorporò y les dijo:

     “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”.

       Se volviò a agachar y siguiò escribiendo en el suelo.

     Al oìr aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los màs viejos, hasta que dejaron solos a Jesùs y a la mujer, que estaba de pie, junto a Èl.

     Entonces Jesùs se enderezò y le preguntò:

     “Mujer, ¿dònde estàn los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?”  

     Ella le contestò:

     “Nadie, Señor”.

     Y Jesùs le dijo: 

     “Tampoco Yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.  

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