2629.-Mièrcoles de la Octava de Pascua…Ciclo B.- Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesiòn del Reino preparado para ustedes desde la Creaciòn del Mundo. Aleluya…(Mt 25,34)…Èste es el Dìa del TriUnfo del Señor, dìa de Jùbilo y de gozo…(Sal 117,24)…Mièrcoles 8 abril 2015…


Del Libro de los Hechos de los Apòstoles: 3, 1-10

En aquel tiempo, Pedro y Juan subieron al Templo para la oraciòn vespertina, a eso de las tres de la tarde. Habìa allì un hombre lisiado de nacimiento, a quien diariamente llevaban y ponìan ante la puerta llamada la “Hermosa”, para que pidiera limosna a los que entraban en el Templo.

     Aquel hombre, al ver a Pedro y a Juan cuando iban a entrar, les pidiò limosna. Pedro y Juan fijaron en èl los ojos, y Pedro le dijo :

     “Mìranos”.

     El hombre se quedò miràndolos en espera de que le dieran algo. Entonces Pedro le dijo:

     “No tengo ni oro ni plata, pero te voy a dar lo que tengo. En el Nombre de Jesucristo nazareno, levàntate y camina”.

     Y, tomàndolo de la mano, lo incorporò.

     Al instante sus pies y sus tobillos adquirieron firmeza. De un salto se puso de pie, empezò a andar y entrò con ellos al Templo caminando, saltando y alabando a Dios.

     Todo el pueblo lo vio caminar y alabar a Dios, y al darse cuenta de que era el mismo que pedìa limosna sentado junto a la puerta “Hermosa” del Templo, quedaron llenos de miedo y no salìan de su asombro por lo que habìa sucedido.

 

 

 

 

DEL SALMO.  104.

 Cantemos al Señor con alegrìa. Aleluya.

Aclamen al Señor y denle gracias,

relaten sus Prodigios a los pueblos.

Entonen en su honor himnos y cantros,

celebren sus Portentos.

Del Nombre del Señor enorgullèszcanse

y sièntase feliz el que lo busca.

Recurran al Señor y a su Poder

y a su Presencia acudan.

Descendientes de Abraham, su servidor,

estirpe de Jacob, su predilecto,

escuchen:

el Señor es nuestro Dios

y gobiernan la Tierra sus Decretos.

Ni aunque transcuran mil generaciones,

se olvidarà el Señor de sus Promesas,

de la Alianza pactada con Abraham,

del juramento a Isaac, que un dìa le hiciera.

Del Santo Evangelio segùn San Lucas: 24, 13-35

     El mismo dìa de la Resurrecciòn, iban dos de los Discìpulos hacia un pueblo llamado Emaùs, situado a unos once kilometros de Jerusalèn, y comentaban lo que habìa sucedido.

     Mientras conversaban y discutìan, Jesùs se les acercò y comenzò a caminar con ellos; pero los ojos de los dos Discìpulos estaban velados y no lo reconocieron. Èl les preguntò:

     “¿ De què cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?

     Uno de ellos, llamado Cleofàs, le respondiò:

      “¿Eres tù el ùnico forastero que no sabe lo que ha sucedido en  estos dìas en Jerusalèn?” 

     Èl les preguntò:

     “¿Què cosa?”.

     Ellos le respondieron:

     “Lo de Jesùs el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Còmo los Sumos Sacerdotes y nuestros Jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte,  y lo crucificaron.

     Nosotros esperàbamos que Èl serìa el Libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres dìas desde que estas cosas sucedieron.

     Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habìan aparecido unos Àngeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron tdodo como habìan dicho las mujeres, pero a Èl no lo vieron”.

     Entonces Jesùs les dijo:

     “¡Què insensatos son ustedes y què duros de corazòn para creer todo lo anunciado por los Profetas!

     ¿Acaso no era necesario que el Mesìas padeciera todo esto y asì entrara en su Gloria?”

     Y comenzando por Moisès y siguiendo con todos los Profetas, les explicò los pasajes de la Escritura que se referìan a Èl.

     Ya cerca del pueblo a donde se dirigìan, Èl hizo como que iba màs lejos, pero ellos le insistieron, diciendo:

     “Quèdate con nosotros, proque ya es tarde y pronto va a oscurecer”.

     Y entrò para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomò un pan, pronunciò la bendiciòn, lo partiò y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Èl se les desapareciò. Y ellos se decìan el uno al otro:

     “¡Con razòn nuestro corazòn ardìa, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”-

     Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalèn, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron:

     “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simòn”.

     Entonces ellos contaron lo que les habìa pasado en el camino y còmo lo habìan reconocido al partir el pan.

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