2885.-Sábado de la III Semana de Adviento.- Diciembre 19 .-El que ha de venir, vendrá sin tardanza, y ya no tendremos nada que temer, porque El es nuestro Salvador…(Hech 10 37)…Retoño de Jesé, que brotaste como señal para los pueblos, ven a librarnos y no te tardes…Diciembre 19 2015…


Del Libro de los Jueces: 13, 2-7. 24-25

En aquellos días, había en Sorá un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoa. Su mujer era estéril y no había tenido hijos. A esa mujer se le apareció un Ángel del Señor y le dijo:

“Eres estéril y no has tenido hijos; pero de hoy en adelante, no bebas vino, ni bebida fermentada, ni comas nada impuro, porque vas a concebir y a dar a luz un hijo. No dejes que la navaja toque su cabello, porque el niño estará consagrado a Dios desde el seno de su madre y él comenzará a salvar a Israel de manos de los Filisteos”. 

La mujer fue a contarle a su marido:

“Un hombre de Dios ha venido a visitarme. Su aspecto era como el del Ángel de Dios, terrible en extremo. Yo no le pregunte de donde venía y él no me manifestó su nombre, pero me dijo: Vas a concebir y a dar a luz un hijo. De ahora en adelante, no bebas vino ni bebida fermentada, no comas nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde el seno de su madre hasta su muerte“. 

La mujer dio a luz un hijo y lo llamó Sansón. El niño creció y el Señor lo bendijo y el espíritu del Señor empezó a manifestarse en él.

 

DEL SALMO: 70

Que mi boca, Señor , no deje de alabarte.

 Señor, sé para mí un refugio, 

ciudad fortificada en que me salves. 

Y pues eres mi auxilio y mi defensa,líbrame,

Señor, de los malvados. 

Señor, Tú eres mi esperanza;

desde mi juventud en ti confío.

Desde que estaba en el seno de mi madre, 

yo me apoyaba en Ti 

y Tú me sostenías. 

Tus hazañas, Señor, alabaré,

diré a todos que sólo Tú eres Justo.

Me enseñaste a alabarte desde niño

y seguir alabándote es mi orgullo. 

Del Santo Evangelio según San Lucas: 1, 5-25

     Hubo en tiempo de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una descendiente de Aarón, llamada Isabel. 

     Ambos eran justos a los ojos de Dios, pues vivían irreprochablemente, cumpliendo los Mandamientos y Disposiciones del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos, de avanzada edad.

     Un día en que le correspondía a su grupo desempeñar ante Dios los oficios sacerdotales, le tocó a Zacarías, según la costumbre de los sacerdotes, entrar al Santuario del Señor para ofrecer el incienso, mientras todo el pueblo estaba afuera, en oración, a la hora de la  incensación.

     Se le apareció entonces un Ángel del Señor, de pie, a la derecha del Altar del Incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y un  gran temor se apoderó de él. Pero el Ángel le dijo:

     “No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien le pondrás el nombre de Juan.

     Tú te llenarás de alegría y regocijo, y otros muchos se alegrarán también de su nacimiento, pues él será grande a los ojos del Señor; no beberá vino ni licor y estará lleno del Espíritu Santo, ya desde el seno de su madre.

     Convertirá a muchos israelitas al Señor; irá delante del Señor con espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia sus hijos, dar a los rebeldes la cordura de los justos y prepararle así al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo”.

     Pero Zacarías replicó:

     “¿Cómo podré estar seguro de esto? Porque yo ya soy viejo y mi mujer también es de edad avanzada”. 

     El Ángel le contestó:

     “Yo soy Gabriel, el que asiste delante de Dios. 

     He sido enviado para hablar contigo y darte esta buena noticia. 

     Ahora tú te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto suceda, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo”. 

     Mientras tanto, el pueblo estaba aguardando a Zacarías y se extrañaba de que tardara tanto en el Santuario. Al salir no pudo hablar y en esto conocieron que había tenido una visión en el Santuario. Entonces trató de hacerse entender por señas y permaneció mudo.

     Al terminar los días de su ministerio, volvió a su casa. Poco después concibió Isabel, su mujer, y durante cinco meses no se dejó ver, pues decía:

     “Esto es obra del Señor. Por fin se dignó quitar el oprobio que pesaba sobre mí”. 

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